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Entrevista en El Coloquio de los Perros

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Entrevista realizada por HÉCTOR TARANCÓN ROYO

       Coordino “Ver Sacrum: Ciclo de Poesía Joven”, producido por el Espacio Molinos del Río, dependiente de la Concejalía del Ayuntamiento de Murcia. Su objetivo principal es visibilizar y apoyar los proyectos literarios de las nuevas generaciones, vapuleadas por la falta de medios y la invisibilidad que todo comienzo lleva consigo. Desde su mismo nombre, Ver Sacrum,“Primavera sagrada” en latín, designa el peregrinaje iniciático de un grupo de jóvenes en pos de conquistar nuevas tierras y conectar con la naturaleza, término que resume el tanteo, lleno de errores y éxitos, que domina a cada una de las voces invitadas al ciclo. Tras cada encuentro, la entrevista con cada uno de los participantes deja una huella palpable, a la vez que permite profundizar en su voz poética y, aún más, en su visión sobre el panorama literario nacional y, aún menos, en todo aquello que nos rodea y que, por desgracia, no somos capaces de ver.
         En esta ocasión, hablamos con Gala Hernández, cineasta y escritora, sobre las diversas relaciones entre imagen y palabra, el feminismo latente en sus creaciones, y el desbordamiento de su escritura poética, temas, entre otros, que entran en consonancia con su formación tanto en el Grado en Cinematografía y Medios Audiovisuales (ESCAC-UB) en la especialidad de Dirección de Ficción, como en el Máster en Estudios de Cine y Audiovisual Contemporáneos (UPF) y el International Master in Audiovisual and Cinema Studies (Sorbonne Nouvelle-Paris X Nanterre). En paralelo a la teoría, estudió montaje audiovisual en el Taller Internacional de Montaje en San Antonio de los Baños (EICTV), ha dirigido el cortometraje en 35 mm Naturaleza muerta, y trabaja como editora de vídeo en Playground Magazine. En relación al campo literario, publicó por primera vez en esta revista, El coloquio de los perros, lo que le valió para darse a conocer y seguir en otros medios como Digo.palabra.txt, y la editorial Ad minimum, con la que editó la plaquette Ammnesia de las aves, y cuya editora, Beatriz Miralles, nos acompañó ese día. Eso, de momento, a lo que seguro le seguirán, pronto, más publicaciones y proyectos.

—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Hasta ahora has vivido en ciudades tan dispares entre sí como Murcia, Barcelona y París. En ese sentido, ¿cómo ha influido cada una de ellas en tu escritura? ¿Has observado diferencias en la manera de gestionar la cultura y, concretamente, la poesía?

—GALA HERNÁNDEZ: Murcia es un pozo de memoria, es mi infancia, mi adolescencia y en ese sentido pesa, infinitamente, claro, pero desde una cierta nostalgia de algo que ya no es, que ya no soy. No me siento especialmente murciana, ni regreso allí muy a menudo, aunque por otro lado, paradójicamente, es algo determinante en mi identidad, como toda ciudad natal, espacio de crecimiento y de formación. Pero me siento un poco desarraigada. Barcelona ha sido una ciudad crucial en mi desarrollo como poeta adulta: allí comencé a leer mucha más poesía —y de manera más consciente y constante—, a escribir, a conocer a otros jóvenes que también escribían. A mirar de otro modo también. Mi despertar poético sucedió en Barcelona. En París todavía me siento una recién llegada, casi una turista. Tendría que vivir más tiempo aquí para poder nombrar mejor París. De todos modos, la ciudad per se no es un motivo especialmente relevante en mis textos. En cuanto a la segunda pregunta, Francia es un país en el que tradicionalmente la cultura tiene un peso en la gestión pública muy distinto del que tiene en España. En ese sentido tenemos mucho que envidiar a los franceses; en otros no, y quizá no por mucho tiempo. La desgracia de Murcia —estoy convencida— es el PP, que lleva desde que nací en el poder, ¡24 años! Creo que no hace falta que explique cuánto le importan al PP la cultura, el arte, el cine o la poesía.

—ECP: No obstante, esa transición ha estado marcada por el cine, tu principal pasión. ¿En algún momento pensaste que llegarías a publicar tus poemas en medios digitales y en editoriales? ¿Cómo has vivido todo ese proceso de exposición?

—GH: No estoy segura de que el cine sea mi principal pasión. Muchas veces pienso que la poesía me llena más, aunque es absurdo tratar de establecer jerarquías. En cualquier caso, la diferencia principal es que al cine quiero dedicarme profesionalmente, mientras que la poesía es algo que surge por necesidad y de la que no espero nada. Por ese motivo, todo lo que me ha llegado a través de la poesía han sido gratas e inesperadas sorpresas. Por supuesto, me siento muy agradecida por todo, pero ha sido un camino que se ha abierto de forma muy natural frente a mí, siento que de algún modo casi no he tenido que lucharlo. Publicar un poema en internet no cuesta “nada”, mientras que en el cine todo es infinitamente más costoso y lento. En cuanto a la exposición, no me preocupa mucho, intento que lo que se exponga sean mis poemas, no yo.

—ECP: En la entrevista que te hicieron en El Diario en 2015 comentabas que escribes los guiones de las historias que quieres contar. ¿Cómo diferencias ambos procesos? ¿Aprovechas las ideas que surgen en los poemas para tus cortometrajes y viceversa?

—GH: No, para mí son procesos completamente distintos, aun siendo ambos muy íntimos. He de decir que llevo mucho tiempo sin escribir un guion, prácticamente el mismo tiempo que llevo escribiendo poesía. No sé cuándo volverá a suceder. Supongo que ese solapamiento temporal tiene algo de sintomático. Sospecho que la poesía vino a sustituir una escritura de ficción cinematográfica estandarizada —en la que me formé en la universidad, la que en cierta medida se me impuso— que no me satisfacía del todo. Siento que últimamente me cuesta un poco la narrativa, tanto en literatura como en el cine. De ahí mi creciente interés por el cine experimental; y la poesía, creo, es una forma hermanada con el cine experimental en muchos sentidos. Es un tema que me obsesiona bastante: qué mecánica creativa convocan ambas formas, en qué procesos se encuentran y coinciden. Le doy muchas vueltas a eso porque ha de haber algo esencial en ellas que interpela directamente a mi propio aparato psíquico, a mi propia naturaleza.

—ECP: Tus poemas están llenos de referencias a la mirada (iris, párpado, retina, etc), a la capacidad del sujeto poético para concretar una imagen. ¿Hasta qué punto crees que ha influido el cine en tu manera de escribir?

—GH: Sí, esas referencias existen, creo que bajo una influencia, más que del cine directamente —que también—, de mi interés por la teoría cinematográfica, por los estudios fílmicos. En la producción intelectual y teórica sobre el cine, el acto de mirar, las distintas formas de la mirada —de ver, no ver, ser visto, ser visto por la imagen— son centrales. Supongo que de ahí vienen esa manera de pensar el mundo y la retórica que la cristaliza, en torno al ojo y la visión. Por otro lado, suelo pensar mucho en imágenes, es cierto que mis poemas son muy visuales, y deduzco que se debe a la práctica audiovisual. Pero también me interesan cada vez más el lenguaje y la palabra, como materia primera y última de la poesía, así que trato de no dejar que la lógica visual del cine contamine mi escritura. Creo que la empobrecería.

—ECP: Aún más, también hay referencias a la dualidad de la existencia humana, a la máscara, y a toda esa multitud de perspectivas que va modelando al sujeto poético. ¿Es el poema la búsqueda de la identidad, de los límites, en el caso de que existan?

—GH: El poema es búsqueda, siempre sin objeto. Es pregunta, nunca afirmación, como creo que es cualquier creación valiosa. Y el hallazgo final, paradójicamente, es también el poema, al que nunca se llega de manera consciente. Siempre siento que el poema subyace, que ya está ahí, que nos precede —“como la herida”— y yo únicamente lo rescato, lo saco a la luz. No creo que esa búsqueda corresponda forzosamente con la de la propia identidad, a veces es un intento de comprensión (de lo otro) o de reconocimiento (de lo otro hacia mí y viceversa), no un gesto introspectivo, sino volcado hacia el exterior, hacia el mundo. Que muy a menudo me interesa más que yo misma. Pero sí, llevas razón en que el yo es central en mi búsqueda poética. Supongo que se trata de un yo “otro”, distinto al que conozco, del que a veces me canso, me aburro. El yo poético me sorprende. Pienso en Ada Salas, una poeta a la que admiro, cuando dice que, en el poema, el yo que vive se enfrenta descarnadamente al yo que escribe.

—ECP: No en vano, Unai Velasco comenta en el prólogo de Amnesia de las aves que tu voz poética gira en torno al “desbordamiento” y su tratamiento desde una poesía corporal que enlaza con poetas como Blanca Andreu.

—GH: Me cuesta mucho analizar objetivamente mis poemas, integrarlos en una tradición o en una determinada corriente estética. Es verdad que Blanca Andreu ha sido una poeta que he leído con entusiasmo, que seguramente ha tenido cierta influencia en la configuración de mi voz poética. Unai señalaba con acierto que tiendo al desbordamiento, que no practico la contención —se observa en la frecuente dilatación de mis poemas— pero es algo que está cambiando poco a poco y que no sé si tiene que ver con que todavía no he alcanzado una madurez total en mi voz poética. Me gusta esa idea: tener todavía una larga trayectoria que realizar, a través de la cual poder sorprenderme a mí misma, atravesar estadios y distintas voces, multiplicarme. El desbordamiento y la centralidad del cuerpo pueden deberse a mi juventud, a una edad en la que todo está en potencia y se vive con mucha urgencia e intensidad, y en la que se tiende a dar mucha importancia a las sensaciones físicas, a explorar los límites del propio cuerpo. Pero ya estoy empezando a abandonar ese momento vital y creo que se está reflejando en las últimas cosas que he escrito.

—ECP: Dentro de este “desbordamiento”, a su vez, si bien es cierto que los poemas se proyectan hacia el futuro, ¿crees que hay cierta nostalgia en ese intento de superar el pasado, las experiencias vividas?

—GH: No sé si entiendo la pregunta, no sé si los poemas se proyectan hacia el futuro. Pienso que el pasado no se supera nunca, lo arrastramos con nosotros y eso es algo positivo siempre y cuando no produzca un excesivo dolor. Pero el poema, pienso, no surge ni del pasado ni del futuro, surge de un tiempo otro y de un espacio otro; profundos, desconocidos y silenciosos.

—ECP: Por otra parte, tu poesía combina cierta aceleración, arrebatamiento, en la abundancia de imágenes, con el equilibrio, la riqueza y la densidad del lenguaje. ¿Cómo te planteas la escritura de tus poemas? ¿Corriges exhaustivamente o lo das por terminado poco después de su escritura?

—GH: He aprendido y sigo aprendiendo, poco a poco, a realizar una labor de corrección minuciosa de los poemas. Cuando comencé a escribir corregía poco o nada, tenía prisa por acabar el poema, quería darlo por zanjado rápidamente para poder contemplarlo como lectora, no como autora, y quedarme perpleja. Siempre me quedo extrañada al leer mis poemas, me descolocan, y es una parte del proceso que disfruto mucho también, ese extrañamiento final. Sabía que aquella no era una buena práctica, pero no podía remediarlo, supongo que por lo mismo que ya he mencionado, por esa urgencia propia de la juventud. Con el tiempo he conseguido acostumbrarme a repasarlos y a pulirlos mucho más, con mucha más atención sobre el lenguaje, más concreción en la elección de cada palabra, de cada silencio. Me queda, aun así, mucho trabajo que hacer al respecto.

—ECP: Como consecuencia de ese tratamiento íntimo y elevado, por medio del lenguaje, de lo cotidiano, ¿hasta qué punto crees que tus poemas pueden ser herméticos o crípticos para los lectores?

—GH: No creo que el poema tenga que ser comprendido. Al menos no en el sentido habitual en el que comprendemos, por ejemplo, la narración de una novela más o menos convencional. El hermetismo en la poesía no existe, en el sentido de que el lenguaje poético ha de ser polisémico, abierto, poroso e inestable (o no ser).

—ECP: En el recital citabas a Alejandra Pizarnik, una de las poetas que más ha influido en esta última década, como una de tus principales influencias. Sin embargo, ¿qué otros autores te han fascinado o descubierto algún elemento de la poesía que has terminado haciendo tuyo?

—GH: Pizarnik fue importante porque, como a muchos, al inicio me abrió las puertas de una percepción nueva del lenguaje, del mundo. Yo era (casi) una niña y me impactó. He leído sobre todo a mujeres, supongo que medio por un gesto político y por sentir una mayor sintonía o proximidad con la sensibilidad femenina —sensibilidad que, por otra parte, he hallado también en poetas hombres—. Pero no me gustan las listas de autores de referencia, creo que son inútiles. Así que mencionaré solo a un buen amigo que tiene tan solo veintiún años y al que considero un gran poeta, Rodrigo García Marina. La influencia externa también procede de intercambios enriquecedores con amigos de mi generación, como Rodrigo.

—ECP: En tus poemas, influencias (“Siempre habrá alguna bota”, de Idea Vilariño), o en algunos de tus ensayos audiovisuales (A través del espejo, un recorrido por el autorretrato fílmico femenino) también analizas y reivindicas el cuerpo femenino. ¿Encuadrarías esa labor dentro del feminismo? ¿Dónde reside o cómo es posible solucionar esa desigualdad de género?

—GH: Soy feminista. Mi poesía es feminista en la medida en la que surge de una voz femenina que quiere hablar, contarse y contar al mundo a través de una subjetividad femenina, pero no escribo para reivindicar nada. No me interesa la militancia a través del texto poético, la poesía social, activista. Creo que se milita sobre todo a través de la forma del poema, no del fondo. Puedes escribir un poema con un mensaje feminista —no me parece mal—, pero si lo haces a partir de la retórica y del léxico heredado, dominante, que de algún modo configura también el sistema patriarcal en el que vivimos, no estás rompiendo ni subvirtiendo nada. Es inútil. Pienso en Albert Serra cuando dijo que para él Ken Loach es de extrema derecha porque es convencional en la forma: es una boutade de las suyas, pero comulgo con esa lógica. En cuanto a la segunda pregunta, es demasiado compleja como para responderla aquí y zanjar el tema en dos frases. Diré que una de las cuestiones que me obsesionan últimamente es la inclusión del hombre en la lucha feminista, que se sientan también interpelados por ella. Muchas veces tengo la impresión, cuando hablo con hombres, de que sienten que es algo que no les concierne, que es cosa nuestra. Se posicionan al margen o no se posicionan, como si el patriarcado no les oprimiera también a ellos. O como si no fuera deseable la igualdad para todos, no sólo para nosotras, sino para el bienestar general.

—ECP: Por último, me gustaría preguntarte por la influencia que ha tenido en tu formación el legado cultural de tus padres, Patricio Hernández, gestor cultural muy activo en Cartagena, y Lola López Mondéjar, psicoanalista y escritora reconocida a nivel nacional.

—GH: Crecer en una casa llena de libros, en la que se estimula la reflexión intelectual y el pensamiento crítico es un enorme privilegio para cualquier niño. No sé si hubiese tenido acceso a mucha de la producción cultural que llevo consumiendo desde niña si no hubiese tenido unos padres como los míos. Así que me siento muy agradecida por ello. Les admiro mucho. Son dos faros que a menudo me iluminan en la oscuridad.